Las agencias reguladoras, bajo la influencia de Monsanto

Las agencias reguladoras, bajo la influencia de Monsanto

Para contradecir la sospecha que rodea al glifosato, su producto estrella clasificado como “probable cancerígeno”, la empresa estadounidense se inmiscuye en los organismos de regulación.

Artículo original: http://www.lemonde.fr/planete/article/2017/10/05/monsanto-papers-les-agences-sous-l-influence-de-la-firme_5196332_3244.html

Fecha: 5/10/2017

Autores: Stéphane Foucart y Stéphane Horel

Traducción colaborativa al español para Lavaca: Juan Manuel Rendón

En cuarenta años, la versión oficial nunca cambió: el glifosato no es cancerígeno. Esa es la conclusión definitiva de los análisis de las principales agencias de regulación, encargadas de evaluar la peligrosidad de un producto antes y después de su comercialización: la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. (EPA) y, en el Viejo Continente, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y la Agencia Europea de los Productos Químicos (ECHA).

Hubo que esperar a marzo de 2015 para que otra organización, el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) de las Naciones Unidas (ONU), llegue a la conclusión inversa. Según esta institución de referencia, el herbicida ‒producto estrella de Monsanto y el pesticida más usado en el mundo‒ es genotóxico, cancerígeno para los animales y “probable cancerígeno” para el ser humano.

¿Cómo se explica esta espectacular divergencia? La mayor parte de los observadores mencionan una razón más importante: para llegar a sus conclusiones, las agencias se basaron principalmente en datos confidenciales provistos por… Monsanto, mientras que el CIIC, por su parte, no tuvo acceso a esos datos. En otras palabras, la decisión a favor del glifosato depende esencialmente de conclusiones de la empresa que lo fabrica.

Un análisis “científicamente erróneo”

Un importante toxicólogo no tardará en denunciar esta situación: Christopher Portier, ex director de diversos organismos federales de investigación de los Estados Unidos y asociado en 2015 a los trabajos del CIIC. Gracias a eurodiputados ecologistas y a una ONG, que exigieron una copia a las autoridades europeas, Portier es el único científico independiente en poder examinar los famosos datos ultrasecretos.

En ese momento, Portier se dio cuenta de que esos datos ocultaban algunos problemas que habían pasado desapercibidos. El 28 de mayo de 2017, causa un gran revuelo al escribirle a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea: para él, no hay dudas, el análisis de las agencias europeas, realizado en base a elementos transmitidos principalmente por Monsanto, es “científicamente erróneo”. Estas agencias, asegura, habrían ignorado ocho casos de aumento de la incidencia de ciertos tumores asociados al glifosato. Aunque todas las agencias lo desmintieron, la polémica se instaló.

Carta de Christopher Portier a Jean-Claude Juncker del 28 de mayo de 2017 by LeMonde.fr on Scribd

¿A quién creerle? Para intentar responder a esta pregunta clave, Le Monde se sumergió en los “Monsanto papers”, esas decenas de miles de páginas de documentos internos que la empresa debió hacer públicos en el marco de una acción colectiva realizada en Estados Unidos por cerca de 3500 denunciantes.

La lectura de esos documentos brinda respuestas preocupantes. Arroja una luz clara sobre la manera en que las agencias de regulación consideran a los estudios secretos ‒y a veces sospechosos‒ de la industria. Principalmente, lleva a preguntarse por la integridad y la independencia de los análisis oficiales sobre el glifosato.

Un estudio “apartado injustamente”

En Bruselas, algunos diputados se toman el asunto en serio. En mayo de 2017, el eurodiputado checo Pavel Poc (Socialistas y Demócratas) organiza una reunión pública sobre el tema en el flamante Parlamento europeo.

Ese día, en la tribuna, Peter Clausing, un toxicólogo alemán asociado a la ONG Pesticide Action Network (PAN) tira una bomba: según él, un estudio llevado a cabo por el sector industrial, que mostraba un aumento de la incidencia de linfomas malignos en los ratones más expuestos al glifosato, fue apartado injustamente por la EFSA, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. Como la agencia consideraba que ese estudio no era confiable, no tuvo en cuenta sus resultados, aunque podrían haberla alertado sobre los peligros de ese producto.

En su informe del análisis de noviembre de 2015, la EFSA justificaba su elección de la siguiente manera: “Durante la segunda teleconferencia de expertos (TC 117), el estudio fue considerado como no aceptable en virtud de infecciones virales que pudieron haber influenciado la supervivencia [de los animales] como también la incidencia de tumores ‒en especial los linfomas”.

En efecto, algunos virus llamados “oncogénicos” pueden provocar tumores en los animales de laboratorio. Los ratones utilizados para ese estudio, conocido como “Kumar, 2001”, habrían contraído un virus de este tipo (sin relación con el glifosato), y eso confundió los resultados.

El toxicólogo Peter Clausing asegura queel problema principal es que ningún documento menciona el hecho de que una infección de ese tipo haya alcanzado efectivamente a los animales. Lo que encontramos en los informes preliminares de evaluación del glifosato es que ese tipo de infección es posible, pero no que se haya producido. Lo que primero se describe como una posibilidad se convierte al finalizar la ‘teleconferencia 117’ en un hecho comprobado”.

¿Qué sucedió en esta “teleconferencia 117”? El 29 de septiembre de 2015, a pocas semanas de la finalización del análisis europeo, ese gran encuentro telefónico reúne a expertos de varias agencias. El objetivo es, de alguna manera, afinar la orquesta. Entre los participantes, figura un representante de la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. (EPA), Jess Rowland. Él es quien supervisa la reevaluación del glifosato en Estados Unidos y quien, durante la discusión, muestra una infección viral que invalidaría el estudio “Kumar, 2001”, asegura Peter Clausing. La EFSA confirmó a Le Monde esta información, pero aseguró que “la información presentada por la EPA durante esta teleconferencia fue verificada de forma independiente” por sus propios expertos.

Un artículo patrocinado por Monsanto

Sin dudarlo, la ONG Corporate Europe Observatory de Bruselas presenta, durante mayo, un pedido de acceso a los documentos internos de la EFSA para verificarlo. La respuesta llega el 21 de junio: en los archivos de la agencia, no existe ningún rastro de nada que permita corroborar las afirmaciones de Jess Rowland.

Más engorroso: la Agencia Europea de los Productos Químicos, la ECHA, escribe en su propio informe sobre el glifosato que el estudio “Kumar, 2001” no señala “ninguna sospecha de infección viral” de los ratones, y que “no se conoce por tanto el fundamento real de la decisión de la EPA”. En una agresiva carta dirigida el 22 de mayo a la agencia europea, Peter Clausing comprueba algo aún más preocupante: “La primera especulación acerca de una infección viral en relación con el estudio ‘Kumar, 2001’ proviene de un artículo de 2015 patrocinado por Monsanto y firmado por Greim y sus colaboradores”.

Queda por saber si las intervenciones de un experto de la agencia estadounidense pudieron haber influido sobre el análisis europeo. Los “Monsanto papers”, en todo caso, muestran que la empresa fue informada casi en tiempo real, al día siguiente de la TC 117. Hablé del gli[fosato] con la EPA, escribe uno de sus gerentes en un sms, a las 14:38. Tienen la sensación de haber puesto a la EFSA de su lado durante la llamada.

Eso no es todo. En la sede de Monsanto, Jess Rowland no es un desconocido: su apellido aparece en los “Monsanto papers” una y otra vez, en particular en abril de 2015, mucho antes de la famosa reunión telefónica. Mientras que el glifosato acaba de ser clasificado como “probable cancerígeno” por la agencia de la ONU (CIIC), y que su reevaluación en la EPA está en curso, otro organismo federal estadounidense, la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR), acaba de anunciar, por su parte, el lanzamiento de un estudio propio.

El 28 de abril de 2015, dos gerentes de Monsanto se intercambian correos. El primero cuenta haber recibido un llamado inesperado de Jess Rowland acerca de una posible investigación de la ATSDR. Y cita las palabras de Rowland: Si puedo cajonear esto, merezco una medalla, se habría jactado Rowland del otro lado del tubo. Pero no hay que darle tanta importancia, continúa el responsable de la empresa en su correo, dudo que la EPA y Jess [Rowland] puedan cajonearlo, aunque es bueno saber que, frente a nuestra insistencia, tratan de coordinarse, y que comparten nuestra preocupación para que la ATSDR llegue a las mismas conclusiones que la EPA. ¡Guau! ¡Qué alentador!, fue la reacción de su interlocutor.

Jess Rowland pide una medalla by LeMonde.fr on Scribd

Promiscuidad

Involuntariamente, el intercambio muestra que los empleados de la empresa ya están al tanto de las conclusiones del panel de expertos que preside Jess Rowland. Sin embargo, Rowland recién concluirá su trabajo… cinco meses más tarde.

¿Los esfuerzos que prometió Rowland dieron sus frutos? ¿La evaluación del glifosato de la ATSDR fue cajoneada? Noticias recientes de la prensa de EE. UU. la dieron por muerta. Sin embargo, la agencia aseguró a Le Monde que su evaluación está en curso, pero no terminó: “Prevemos la finalización de una primera entrega, sometida a los comentarios del público, de acá a fin de año”.

Los “Monsanto papers” demuestran sin ambigüedades que Jess Rowland es considerado por la empresa agroquímica como una carta ganadora dentro de la EPA. Dentro de cinco a seis meses, Jess se jubilará de la EPA, escribe un empleado en una nota interna del 3 de septiembre de 2015. Y aun podría sernos útil en la defensa actual del glifosato.

Efectivamente, Rowland se jubilará a comienzos de 2016. Un retiro alejado del ocio. En la acción colectiva en curso en Estados Unidos, los abogados de los demandantes libraron una dura batalla para obtener esta información: Jess Rowland ejerce desde entonces el cargo de consultor de la industria química. Hasta el momento, no lograron conocer los nombres de sus empleadores, las condiciones de su contratación, la naturaleza de su trabajo ni el monto de sus honorarios. A fines de mayo de 2017, el inspector general de la EPA comenzó una investigación interna para esclarecer el caso. Rowland, a quien contactamos por medio de su abogado, no respondió nuestras preguntas.

Monsanto considera “útil” a Jess Rowland by LeMonde.fr on Scribd

Esta promiscuidad entre la agencia estadounidense y Monsanto se remonta a mucho antes, a comienzos de la década del ochenta. Es Carey Gillam, periodista estadounidense en la agencia Reuters y directora de investigación de la asociación U.S. Right to Know en ese entonces, quien, por primera vez, examinó la correspondencia de la época entre la agencia y la empresa. De allí, obtuvo una cronología muy significativa, que reproduce en un libro llamado Whitewash (“Blanqueo”), que se publicará en octubre en Estados Unidos.

Un experto pagado por Monsanto

Las primeras sospechas sobre el glifosato salen a la luz en 1983. Ese año, Monsanto presenta a la EPA los datos de un estudio de toxicidad que un laboratorio externo realizó para la empresa durante dos años en más de 400 ratones.

El toxicólogo de la agencia que los examina concluye que el glifosato es “oncogénico”: algunos ratones expuestos desarrollaron adenomas tubulares en los riñones, una forma de tumor rarísima. Monsanto responde de forma enérgica, dice que se trata de “falsos positivos”. Pero los toxicólogos de la EPA son categóricos: Los argumentos de Monsanto son inaceptables, escriben en una nota de febrero de 1985. El glifosato es sospechoso. Por lo tanto, deciden clasificar al herbicida como “oncogénico de categoría C”, esto es, “posible cancerígeno para el ser humano”.

Monsanto decide entonces aportar datos adicionales a la EPA, lo que provoca que vuelvan a examinarse las láminas donde se conservan los carpaccios de riñones de esos 400 ratones. Pero esta vez, por un experto de su elección, a quien pagan por sus cuidados. El Dr. Marvin Kuschner revisará las secciones de riñones y presentará su evaluación a la EPA con el objetivo de convencer a la agencia de que los tumores observados no tienen relación con el glifosato, escribe un responsable de la compañía en un comunicado interno. De ser así, el resultado de ese análisis parece tener la suerte echada.

Algunos días más tarde, el Dr. Marvin Kuschner recibe por encomienda las 422 rodajas de pequeños riñones. Y en octubre de 1985, en su informe, menciona haber descubierto un tumor, que hasta aquí había pasado desapercibido, en el riñón de uno de los ratones analizados ‒no expuesto al glifosato. Gracias a esta conclusión, Monsanto construye en torno a la EPA un conjunto de argumentos sobre una “enfermedad crónica espontánea de los riñones”, que se habría expandido en los ratones de laboratorio y habría provocado un giro en las conclusiones. En otras palabras, si hay un tumor, no tiene nada que ver con el glifosato. De la misma forma que con el estudio “Kumar, 2001”, veinte años más tarde.

Envío de 422 carpaccios de riñones de ratones por Federal Express by LeMonde.fr on Scribd

En 1991, el glifosato desaparece del radar

Si este tumor solo es tan real, ¿por qué no lo identificaron antes? Encubiertas por el secreto comercial, las láminas nunca pudieron ser examinadas por expertos independientes.

En 2017, los abogados de los demandantes reclaman que se haga. Mientras tanto, notan que la EPA dio luego marcha atrás, demostrando una debilidad cada vez más notoria con respecto al glifosato.

No se cuestiona a los toxicólogos “de la casa”, quienes, de forma unánime, consideraron al producto “sospechoso”. De hecho, es un panel constituido a la vez por agentes de la EPA y de otras agencias federales el que, en febrero de 1986, baja el glifosato al grupo D ‒ “inclasificable respecto de su cancerogénesis para el hombre”. En 1989, incluso, la agencia deja de solicitar a Monsanto nuevas noticias. En 1991, el glifosato vuelve a ser bajado de nivel, al grupo E esta vez ‒“pruebas de no cancerogénesis”. En suma, desaparece del radar.

¿Quiénes son estos funcionarios del panel de la EPA que comenzaron su desclasificación en 1986? Sus trayectorias revelan singulares puntos en común y un talento irrefutable para utilizar su agenda de contactos en el sector comercial, principalmente en Monsanto.

Así, tres años después del volantazo de la agencia, el jefe del panel, John Moore, asume la presidencia de un “Instituto para la evaluación de riesgos para la salud”, financiado por la industria petrolera, los bancos y los grandes supermercadistas. Su sucesora, Linda Fischer, se convertirá, por su parte, en una de las vicepresidentas de Monsanto, desde su partida de la EPA en 1993. Su asistente, James Lamb, renuncia en 1988 para sumarse a un estudio de abogados que tiene a Monsanto entre sus clientes. Una media docena de funcionarios federales también dejarán la EPA por este estudio. En cuanto a su jefe, Steven Schatzow, director de la Oficina de Programas Pesticidas, también será reclutado por un estudio de abogados para representar a fabricantes de… pesticidas. Por último, David Gaylor, miembro del panel en condición de representante del Centro Nacional para la Investigación en Toxicología, dejará la función pública para ser consultor privado. Él también tendrá a Monsanto entre sus clientes.

Un fraude mortífero

Falta un tema crucial: ¿por qué Monsanto encargó entonces ese estudio y lo presentó a la EPA en 1983, cuando el glifosato estaba autorizado en el mercado estadounidense desde hacía ya casi diez años? Un correo de Monsanto de 1985 lo explica: ese estudio forma parte de un programa de reemplazo de los estudios de toxicología de IBT.

¿IBT? Para quienes la reconocen, esa sigla evoca imágenes escalofriantes. La historia es conocida: en Estados Unidos, las empresas más importantes solían confiar los estudios de toxicología de sus productos a Industrial Bio-Test, o IBT.

En 1976, inspectores sanitarios federales habían descubierto que el éxito de esta prestataria externa se basaba en un fraude mortífero. A su depósito, conocido como el “pantano”, sólo habían podido ingresar equipados con máscaras. Allí, miles de animales de laboratorio flotaban en una podredumbre y un tufo insostenibles. Unas condiciones incompatibles con estudios de toxicidad.

En las anotaciones de los inspectores, había una abreviación recurrente, “TBD”, significaba Too Badly Decomposed (“Muy mal descompuestos”), para que pueda sacarse cualquier tipo de dato. Las pruebas de IBT raramente llegaban a conclusiones negativas: por lo general, eran conclusiones inventadas.

Cientos de productos químicos, entre ellos no menos de doscientos pesticidas, como el Aroclor, un PCB fuertemente tóxico revisado por Monsanto, habían sido homologados en América del Norte en base a pruebas “efectuadas” por IBT. ¿Incluido el Roundup? Cuestionada, Monsanto se contenta hoy en día con responder que no se utilizó ningún dato generado por IBT para respaldar una homologación del glifosato.

¿El pesticida más utilizado en el mundo provoca cáncer? La agencia de la ONU, el CIIC, ¿vio en 2015 lo que la EPA estadounidense debería haber visto hace cuarenta años? Algunas notas internas de Monsanto sugieren que sus propios toxicólogos temían desde hace largo tiempo un análisis independiente de su best seller. Como este correo de un científico de la empresa que escribe a un colega en septiembre de 2014: Pasó lo que sospechábamos hace tanto tiempo. En marzo de 2015, el CIIC tiene que evaluar el glifosato.

El 23 de octubre, los Estados Miembro decidirán en quién debe depositar su confianza la Unión Europea (NdeT: El 27 de noviembre de 2017, la Unión Europea renovó la licencia del glifosato con el voto favorable de 18 países, 9 en contra y 1 abstención).

Close Menu